El amor de los curados I
Agustinas abajo, 1982El amor de los curados
I
Yo que conocí el amor de los curadosy que llegué a aburrirme de un pebre de lipiria
en los restoranes macilentos de la calle Ricardo Cumming
o Agustinas abajo,
y que creía venir de vuelta desde una adoración torpe
a la vida bohemia en bares céntricos
y a la conversación con espirituales,
me sumergí
- en el convencimiento de haber experimentado
aquella banalidad prestigiada -,
en una tibieza amarilla,
en un submundo personal de aprecio a placeres domésticos
mezclado raramente con un cuasi culto a la salud
en su calidad de divinidad imperfecta pero perfectible.
El rigor de mi introspección
–garantía de cierto género de evolución-,
se tradujo en un orgullo mal disimulado
en expresiones de humildad
y me fue alejando de a poco
del entonces tan popular imperativo de originalidad.
Todo este movimiento se tradujo también
en ciertas maneras intransigentes,
que se manifestaban con violencia apenas contenida,
en un sarcasmo lacerante,
dirigido de manera especial,
en contra de compinches recalcitrantes
en ciertos aspectos exteriores
de un culto a una intelectualidad pasada por el cedazo
del alcohol etílico y de determinada manera de vestir.
De este modo, sin privarme de los vapores excelentes
de lo que absurdamente denominé "un alcoholismo moderado",
y sin sustraerme por completo de cierto apego subyacente
a determinadas actitudes superficiales,
comencé paulatinamente a verme más ordenado.
Cuando salieron las parkas, desafiante,
abusé del uso de tal prenda
y con aspecto realmente fiel
de guardia de seguridad en día franco
me burlaba de sucios e incómodos chaquetones de oso
tejidos con lana de Chiloé.
Naturalmente, no todo pudo ser miel sobre hojuelas
en esta renuncia inusitada a una secta que juzgaba decadente
y mi impopularidad comenzó a aumentar tanto
cuanto que mejoraba mi aspecto juvenil y belicoso.
Irrecusablemente en este tren de acontecimientos
el vino tinto con frutillas
no pocas vaces tocó con el lado negro de su vara
los corazones puros de algunos de estos sectarios
y ahí no pocas veces también,
ofrecieron pegarme;
uno que otro pontífice
me dictó encolerizado su charla ecológica
o muy a la mala buscaron humillarme
escupiendo mi cabeza desde balcones
o tirando chorritos de meado en mi pílsener.
Estas actitudes irritantes y poco consecuentes
lograba aplacarlas en la mayoría de los casos
(en vistas de la clara inferioridad numérica de mi facción),
con alguna concesión menor en el plano político
-plano en el cual distinguían muy pocos matices-,
interpretando el tango „Cambalache“
o falseando melódicamente algunas de mis concepciones
acerca del amor, de la muerte o de las mujeres.
No he de negar que en otras ocasiones
dueño de una mejor disposición de ánimo
y de una mas importante concentración de borgoña en la sangre
no cabía la mínima transacción,
y mientras me sujetaban los brazos
gustaba de gritar febril pero calculadamente
algunos arquetipos de reacción
con el objetivo preciso de llevar al paroxismo
la alteración en los espíritus de aquellos narcisos bacantes;
les gritaba entre otras cosas peores:
Pelucones flojos
Barbones hediondos
Antipatriotas
Enemigos de Chile
Cantautores
Judíos Indios cooperativistas
Maricones, jipis, ateos;
Poetas a medio maldecir,
Putas, les gritaba a las minas.
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