Sueños con alas II (sin alas)
II
Ahora estaba adormilado en un living-comedor iluminado con tardías luces de navidad, pidiendo al aire, triste, sordo modo, la vuelta de mi yo rapaz, alado, noctívago, poderoso. Dicen que se puede ir a esa cuesta donde bajan los sueños; si uno se concentra antes de dormir en algunos de sus colores y guaripolas, puede conjurar la visita de alguno de esos caleidoscopios.
Y yo ésa noche lo hice: Ojos cerrados, humedad iridiscente en la comisura derecha de la boca, el cristal de la legaña tornasolado también por el florero de pascua.
Lo que tuve fue una ensoñación sin alas.
Estábamos en una fiesta extraña; una vez más, no conocíamos a nadie. Habían mesas y banquillos altos pintados de negro, como en un bar, desde ahí se podían mirar las diversas escenas comunes a una fiesta que todavía no acaba de empezar. Una persona se sentó entre nosotros, para cambiarse enseguida pidiendo disculpas.
Después de eso, la escena tenía lugar en las calles de un pueblo, también de fiesta, pero en este pueblo la fiesta tampoco acababa de empezar.
En alguna vuelta de esas calles se podía ver que empezaba el campo, se podía ver el lecho seco pero barroso de un riachuelo, y a la ribera, establos de animales, que asomaban las cabezas por los ventanucos de las construcciones de madera carcomida y obscura. Pero mirando bien, yacían algunos animales sobre el lecho barroso del riachuelo, y si uno se fijaba más, sus cuerpos estaban en lento pero permanente movimiento, revolcándose sin poder dar una vuelta completa sobre sí mismos, como en cámara lenta. Y yo observaba en especial a un ternero medio muerto, que se revolvía casi imperceptiblemente sobre el barrial. El pelaje era oscuro y dejaba ver todavía el color de la piel debajo de los pelos, como en los perritos recién nacidos. Y me dí cuenta que los animales estaban sufriendo dolores de agonía. La techumbre del establo estaba, una vez queriendo ver, derrumbada sobre ése pobre ganado. La expresión de las bestias asomadas por los huecos de los restos del establo era la de aquellos búfalos, que corren con el depredador ya colgado a la garganta, una silenciosa expresión de terror y de desconsuelo; en cierta forma la expresión de aquellos atrapados en un estadio de fútbol en Bélgica en los años 80. No obstante, en el pueblo seguía ése ambiente como de fiesta a medio comenzar en las calles, niños chicos parcialmente endomingados, parejas casi jóvenes medio de la mano, vendedores ambulantes, algo así como un diecisiete de septiembre. Sol, pero también barro, una chomba amarilla. Todo este paseo, todo ése ir y venir, los gritos aislados, eran absolutamente indiferentes a la miseria de los animales aplastados a la vuelta de la esquina.
Entonces yo salí a buscar a la policía, dando vueltas por varias calles, sin encontrar nada que pudiera significar alguna ayuda. Por entonces, el pueblo éste se volvió algo así como La Calera, este pueblito triste entre Valparaíso y Santiago, una parada en la temporada de invierno en La Calera, con sus calles polvorientas y embarradas a la vez, con la locomoción colectiva local derrengada y de todos colores desteñidos, y con esa gente morena y curtida por un sol de hace varios años, hombres que parecen pescadores, pero sin bote, sentados en una berma marcando cartillas de la Polla Gol.
Después me vi tomando una micro, yendo hacia algún otro pueblo en busca de ayuda, a bordo de una liebre verde y vieja viendo pasar con creciente intranquilidad calles y localidades iluminados por ése mismo sol cucarro del final del invierno en el litoral central. Y quise hablarle al chofer para que me dejara bajar, pero al hablarle me dí cuenta que él estaba, quizá cien, cientocincuenta metros más allá, adelante, bajando una cuesta a toda velocidad, en patines. Y yo ya no estaba en la liebre, sino bajando descontroladamente también entregado a los patines, infinitamente aterrorizado, la misma cuesta. Nunca he andado en patines, como se sabe.
De improviso estaba en este otro pueblo un poco más mundano, que se puede permitir imaginar parecido a un Quillota al caer la tarde. Había gente en la calle, sin embargo, a estas alturas, mi único interés era pasar a través de todo eso y volver al punto de partida, aún sin saber cómo.
Había un paradero de micros; una vez más, esas benditas liebres verde-verde nilo, paraban allí con distintos destinos, y yo me decidí a a estar vivo el ojo para pillar algo que me pudiera llevar de vuelta. De repente alguien hizo parar una de éstas liebres y preguntó si llegaba al 95. Un gallo con pinta de obrero, de esos que se mojan el pelo y se peinan antes de salir a tomar micro después de la faena. Cuando el chofer le dijo que sí, me acordé de que yo había partido en el 97. Me subí, pero enseguida quise bajar porque me dio por no saber si yendo con el obrero al 95 iba a llegar necesariamente al 97. Y me bajé.
Me quedé un rato dando vueltas en una plaza. Había un par de puestos de artesanía y varios grupos de jóvenes, los que querría describir como versiones litorales de grunge o dobles "the cure". Me decidí a preguntarle a uno de estos individuos. Polera color mostaza, cara de luna y collar de artesanías, maquillado y depilado, una versión andrógina del desaparecido Gato Alquinta, pero de pelo corto. Le metí un rato conversación, le dije que andaba medio perdido, como que no quiere la cosa, le mencioné la escena del establo. La reacción fue afable y hasta de confianza. Pero en un momento determinado recitó un acertijo que lamentablemente no puedo ya llamar a la memoria. Sin solución de continuidad, sacó un papel de debajo de la lengua. En ése instante sin embargo, ya era un genio gordo como sacado de una película de las mil y una noches, negro no de raza, sino de color. Este color de piel hizo parecer encías y lengua todavía más rosadas en el momento en que sacó el papelito de debajo de la lengua. Todavía húmedo lo extendió sobre la palma de la mano, y pude reconocer tu letra, que era de hecho la letra de otra persona, pero para el caso de este sueño era tu inconfundible letra.
En el instante de esta revelación, aparecieron cámaras y siguieron flashes y los emocionados rostros de familiares, de forma similar a uno de éstos "realitys" dónde todos terminan abrazados. Y yo ahí tembleque, con la frase siguiente en el pensamiento: “nunca pensé que esto todavía pudiera ser cierto”.
La revelación de este papelito era, que siempre me quisiste y me quieres como yo hubiera querido que me quisieras ...
Ahí me dije, "paren, paren". Me quise despertar. Esta vez el comando central no puso objeciones; con ésa actitud entre impaciencia y semi-humillación de un chofer que tiene que parar y dejar bajar a alguien que de improviso se ha dado cuenta que va equivocado, que tira del cordel del timbre, que golpea el techo de lata, que no quiere seguir el destino de su micro. Entonces, el comando central me dejó hacer, me dejó bajar, es decir, despertar.
Yo había pedido un sueño de halcón y me había hecho subir a un transporte al matadero.
Labels: "años 80", "historias de navidad", del bandoneón, recuerdos, sueños
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