Contemplando la mínima biblioteca que me ha venido acompañando en los últimos años, la atómica muestra de preferencias, remanente de incontables sustracciones voluntarias o involuntarias, producto de traslados, de países, de casas a departamentos y de departamentos a piezas, reconozco todavía el núcleo fulgente de los libros robados que me pertenecen.
Estos libros robados me pertenecen, porque les puse una bandera de conquista hace muchos años, en el centro de la pampa verde del medio oeste norteamericano, cerca de Columbus. Ahí están, de nuevo en cajas de cartón, como al principio. La mayoría redactados en idioma inglés.
Esta ocupación, esta “toma”, tuvo lugar cerca de un pueblo de no más de mil habitantes en el estado de Ohio, no lejos de un riachuelo, dentro de la juridiscción de un campus universitario, perteneciente un típico “college” para norteamericanos ricos, de cuyo nombre no queremos acordarnos.
Era el verano del año 00, y hacía ya poco más de un año había aterrizado allí para jugar por dos semestres el papel de asistente de las clases de castellano, en lo que, mirado en perspectiva, se parece a una especie de viaje a Luvina, pero al revés.
Entre las lujosas tradiciones del fin de año académico en ésa institución exclusiva, se contaba la tradición semi-secreta de los raids que hacían algunos de los pocos estudiantes que se quedaban en el campus, sobre las residencias de estudiantes seniors, semi abandonadas por el verano. La mayoría de los arrendatarios se iba ya graduada y sabiendo, que ciertas zonas del campus pasaban a ser de una noche a otra, tierra de nadie, pasando así lo que quedara al interior de ciertos complejos, al dominio público. Algunos se servían de la tradición para reciclar pertenencias y alivianarse, para muchos era como olvidar una lata de coca-cola vacía en una sala de espera.
El primer semestre ya había sido testigo de escenas de películas de miedo, acompañando a otros estudiantes al entrar tarde en la noche a domicilios en donde estaban todas las luces prendidas, encendidos los televisores, con comida en la mesa, vasos servidos, dos botellas de Jack Daniels a medio consumir, refrigeradores llenos, cerveza y refrescos, montañas de ropa, colecciones de música y libros, pero NADIE en casa.
Ahora yo había tomado un trabajo de verano en la biblioteca del campus y había arrendado un departamento que quedaba ubicado en esa zona roja. La llave se me entregó un día antes de lo previsto, y así pude pasar a preparar tranquilamente mi traslado, mi plan de defensa, y mis “guardias”.
El departamento estaba lleno de pertenencias abandonadas de tres estudiantes, y aunque el estado general me hizo suponer que ya había pasado por ahí ya una primera carga, mi ocupación del territorio había sido suficientemente temprana como para permitirme poner algunas cosas en cajas y esperar a “los visitantes”.
Cuando llegaron a la mañana siguiente unas cinco o seis jóvenes, con un aspecto general entre Janis Joplin y Patty Smith, yo ya estaba en pie. En mangas de camisa y llevando la ladina máscara de un Emiliano Zapata, acompañé a las “sennoritas” en una procesión monosilábica, pieza por pieza. Las dejé llevarse diversos artículos de cosmética, cremas y aerosoles, camisetas y calzones, lentes de sol, una colección de raquetas de tenis, dos sombreros, uno de paja y otro de fieltro –los dos deformados–, collares de conchas, un “walkman” de tres que habían botados. CDs e innumerables vinilos.
Ya se iban yendo murmurantes, cuando una de las gringas – la más rica – hizo un gesto altanero con la cabeza indicando las cajas de libros y dijo: “Y ésos!?”
- “Well, they belong to me …”, me dí el gusto de proferir con el acento y la parada de Condorito, pensando, “esos libros robados son míos, mi’jita”.
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