"cada uno con su cada uno".
Una de las grandes sabidurías familiares.
En eso estaba pensando la semana pasada, mirando dos estrellas piñuflas en una noche escuálida: Es imposible desmadejar el "cada uno" de cada uno, el microsistema que eventualmente podría dar una respuesta coherente a la interrogante, de por qué algunos, por ejemplo, agarran así el ratón de la computadora, como aquel Joe Cocker agarraba el aire con la mano libre de micrófono al cantar.
El "cada uno con su cada uno" es nuestro "menos es más" ; un credo. Bonito no es, pero es firme. Es un reconocimiento de los límites del lenguaje o de la expresión, y es también cansancio.
¿Pero, no será posible al menos iluminar a vela uno de estos paisajes secretos para poder por lo menos "sentir" el resto? ¿No habría salvado esta poca luz la vida de una María Iribarne?
Ahí tenemos por ejemplo el universo sellado, el "cada uno" de las micro-humillaciones privadas. El recuerdo de cualquier mini-episodio humillante, por insignificante que parezca, es casi siempre más vívido que el de los sucesos reconfortantes, y casi más fiel que el legendario don Chuma. Una vez establecida la relación, ya no se acaba más. Puede que uno se las arregle para sacarle la vuelta a la recurrencia de estos episodios, pero no queda otra más que constatar una realidad semi-rígida: Son cosas que vinieron para que-dar-se. Si bien muchas veces pierden presencia y hasta pareciera que casi han desaparecido, nunca se van. A lo más describen órbitas irregulares, lo cierto es, que siguen girando como en un modelo geocéntrico, infinitamente en torno a una tierra, que no es otra, más que la pelota de nuestra propia cabeza.
En la vida hay un montón de humillaciones mínimas que permanecen secretas, por lo menos en mi vida hay algunas, y me da lo mismo que todos se hagan los lesos, el que calla otorga.
Me retiro ahora un poco de esta ventana de noche primaveral, y percibo el ruido de un automóvil moviéndose sobre los adoquines, y entonces veo que no hay para qué caracterizar el recuerdo de la humillación secreta y su permanencia, recurriendo a macrorepresentaciones.
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Ahora se me ocurre la idea más profana, de que los recuerdos de episodios humillantes tienen una entidad parecida a la de aquellos zombies, los de la primera película de George Romero. Nadie dirá que no conoce a estos muertos, fiambres malencachados, torpes ("they’re all messed up"), pero que no por eso son menos cargantes. Uno puede írseles en velocidad, pero no en aguante. Si uno quiere, puede correr, digamos, unos cincuenta metros y dejarlos pagando. El problema es que siempre van a estar a la vuelta de la otra esquina, se van a venir encima con esa boca chueca, dando manotazos, a dar aquel beso equívoco, que es entre frío y caliente, a medio camino entre chupada y mordida.
"They're all messed up. They're dead"
El automóvil afuera ha terminado ahora de estacionarse, y se me figura que lo que sucede, es que en el momento de ocurrir un episodio humillante se genera uno de estos zombies. La humillación ocasiona un cortocircuito, parecido a los que durante una tormenta fortuita le revolvieron el naipe al Dr. Frankenstein, en Ingolstadt, generando un monstruo. Este cortocircuito de la micro-humillación obra como una especie de cabezal láser, que con una luz radiante graba a nivel de sinapsis una distorsión permanente. Así las callejuelas de la pobre ciudad cerebral se van poblando de estos seres inoportunos pero indelebles. Siempre querrán saludar y abrazar, todas y cada una de las veces en que a uno se le ocurra pasar por la esquina mal iluminada donde quedaron mal parados, donde nacieron. Y así uno termina teniendo que ver para siempre con este gallo gordito, malencachado y torpe, el doble de uno mismo, pero cruzado con ése cómico sin gracia, "Mandolino".
Estoy casi seguro que muchos entienden lo que estoy configurando: No seré yo el único hijo nacido y criado más bien de yapa en una familia numerosa en un Santiago a principios de los años 00. Uno que creció al vaivén del propio ensayo y error, en diversos patios, donde se fabrican y se distribuyen al por mayor o al detalle pequeñas humillaciones.
Sostengo que muchos entenderán estas nomenclaturas. You may say I am a dreamer but ... Mi relativa seguridad viene de la observación, y según eso, puedo reconocer, con razonable certeza, los aspectos exteriores de la lucha interna que se da en contra del abrazo caluga de los recuerdos humillantes; lo veo en muchos conciudadanos, es el pan de cada día en los bancos de parques y plazas, en fuentes de soda, al interior de buses y taxibuses, en la intimidad del semáforo en rojo.
En este ring contra nuestros persistentes zombies, cualquier alma que escuche escuchará un repetido "no!!, no!!", un "no-no-no", un "la la lá" sin ton ni son. A veces podrán ver sacudidas de cabeza enérgicas y hasta violentas. Yo lo sé porque mi estilo de lucha personal, no es muy diferente, aún cuando en mi caso se abran los botones de muchas flores del comportamiento: Como el leer rápido y en voz alta los letreros de los avisos que se encuentren en el campo visual ("home center", "flores y kersting", "se venden cubos"), o como el pegar un gritito de contenido la mayoría de las veces críptico, como "menos mal", "ni cagando" o "simelochupai", como recreando casi una forma benigna del conocido Síndrome de Turet.
No quiero que crean que al contar esto con cierto detalle, esté dando chipe libre a que se me tilde de paranoico. Vaya unos simplones. Si bien estos elementos de una psicología de a peso, tienen una amplia aceptación en nuestra sociedad, tienen la mayoría de las veces un uso arbitrario. No por tener la soltura para explayarme sobre una conducta privada se me puede catalogar de loco público. Tanto más, cuanto que, como ya dije antes, el que sea libre de pecado que suelte la primera risotada.
"Muchos de ellos son niños"
Mirando las caras que veo, quiero que me dejen puntualizar, primero, que en mi plano urbano mental, no hay una superpoblación de espectros (pero de haberlos los hay, y hay que reconocer también que ya existen barrios enteros donde "pica la jaiba"). Segundo, que de todas formas estos barrios bajos no son grandes campamentos ni mucho menos: Al ojo calculo que en promedio no son mucho más grandes que el pueblito del parque O'Higgins.
Como sea, allí están y ya está, con sus calles, con sus zagüanes, sus conventillos, y con su güatón ojeroso, de camiseta manchada con fluídos de un origen que es mejor no saber ...
Pero no solo hay calles allí. Hay también escuelas, hay canchas de fútbol, hay "complejos deportivos", hay piscinas, y hay estadios. Y muchos de los "no-muertos" son niños.
Uno de estos estadios crepusculares, es el del Audax Italiano, en La Florida, donde me fui a probar un día.
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Labels: cerebro, manuscritos encontrados en una pelota de plástico, Medien, memoria, psicología, recuerdos
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2 Comments:
Esto es como el sueño de la asepsia. Yo lo he tenido, un poco distinto... todo brillante y pulido en un edificio que no hay más que vidrio, cierto espacio, baldosas. Es el paraíso.
Hay varias soluciones para el sueño del futuro, una propuesta aséptica (2001 Odisea Espacial, Star Trek, etc.) y una sucia (Blade Runner, Alien). Y soluciones intermedias (Logan's Run).
La base de este escrito eso sí fue un artículo de relleno en el diario La Tercera hace xxx años, donde un caballero jubilado mostraba sus teorías sobre la llegada de los ovnis y el futuro, hasta con dibujos. Él hablaba de ésa "sustancia de vida" que rescataría "a los difuntos".
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